Recordando a Isaías Murillo Rodríguez. El legendario «Sayo Leona»


Colaboración especial.

Ulises Araya Chaves

Puede que, en ocasiones, el paso del tiempo diluya la memoria de las personas; sin embargo, existen quienes logran perpetuarse y hacerse uno en el recuerdo de los pueblos donde dejaron huella, casi alcanzando una imagen mítica.  

Este es el caso de Isaías Murillo Rodríguez, el legendario ‘’Sayo Leona’’, uno de los personajes más queridos que ha tenido Belén y del que hoy conoceremos más, gracias a la entrevista que nos brindó su hijo Armando Murillo, mejor conocido como «Chapulín».

Sayito vino al mundo el 9 de septiembre de 1921, hijo de Guillermo Murillo y María Rodríguez, una señora muy religiosa, quien le inculcó la fe católica que profesó.  Cuenta Armando que a su abuela María «solo le faltaba que le llevaran el almuerzo a la Iglesia», dado que toda su vida pasó metida en el templo católico de San Antonio.

El apodo que lo inmortalizó

Cuando Sayito todavía era Isaías, Belén no se parecía en nada a la mole de cemento que vemos hoy, lo que predominaba era «el monte».

Armando relata que una experiencia en aquel Belén -profundamente rural- fue la que originó el apodo, cuando un muy jovencito Isaías acudió a dejarle café a su papá en el trabajo.  

«Mi abuelo se encontraba trabajando y era común que mi papá acudiera a dejarle un café. En una de tantas parece que, de camino, le salió un «gato», entonces él luego contó a su familia: –¡Viera qué problema! Ya hasta los leones están saliendo aquí en Belén–. Esa experiencia fue suficiente para que él se quedara así».

Un padre amoroso y ejemplar

En 1952, a la edad de 30 años, contrae matrimonio con su compañera de vida, Rita Solera Soto. De esa relación, nacerían ocho hijos: siete varones y una mujer.

Armando recuerda a su padre como un hombre simpático, agradable, buen marido, bquen padre, hermano y amigo. Jura que nunca lo vio enojado.

Sobre sus pasatiempos, afirma que le encantaba «montear». Creía en los tesoros y «en carajadas de ese tipo». Jugaba bola con sus hijos, como si fuera un hermano más.

En una ocasión, cuenta que él y sus hermanos se encontraban practicando boxeo, cuando llegó Sayo y les dijo: «Quiero darle con el tal Chapulín». A lo que él contestó: «¡Diay! Pónganle los guantes a mi tata, ¿qué importa?».»El boxeo es boxeo», dijo Armando. 

«El hombre me abrió un clarito ahí, y yo lo pegué en la frente y se fue para atrás. –¡Qué educación de hijueputa!–, le dijo Sayo.

 «Era como un pobre millonario»

Pese a que Sayo Leona falleció hace más de 19 años, en Belén se le sigue recordando con cariño y es común escuchar sus incontables chiles y anécdotas, las cuales incluso han quedado inmortalizadas en el anecdotario belemita de Zayra Pérez «Mamá se la llevó el patriarca», publicado en el 2016.  

Y es que Sayo sí que tenía don de gentes, era amigo de sus amigos, sin importar si eran pobres o de plata.

«Mi papá era como un pobre millonario, porque recuerde que también hay millonarios que son pobres. Siendo pobre, él convivió con todo tipo de gente, porque a él lo llegaban siempre a buscar a la casa», contó Armando.

De esta afirmación da fe Víctor Hugo Chaves Murillo, mejor conocido como «Macho canfín», quien por aquellos años trabajó en la cantina de su papá, Julito Chaves.

Canfín recuerda que era común que los amigos de Sayo, Pastilla, Chepe Zamora, Carranza, entre otros- mandaran a traerlo para que les contará «chiles» y en general que llenara de regocijo la famosa cantina con sus ocurrencias.

La calle de Sayo Leona

La calle del puente que comunica Escobal y La Amistad es otro de los sitios que evoca a nuestro personaje. Se denomina así porque en aquellos años, la familia de Sayo, los Murillo, eran los únicos que habitaban la zona.

Armando comenta que cuando él tenía 8 años, en ese lugar ni siquiera llegaba la luz. Los vecinos más cercanos que tenían eran los Charcolera, los Luna y más arriba, los Ramírez.

Hasta la fecha, los hijos de Sayo todavía viven en la misma propiedad y por amor a su padre inclusive han conservado el antiguo fogón que él mismo construyó.

En su casa, todavía se respira el rico olor a leña. La familia, nos cuenta Armando, permanece unida, todos los sábados se reúnen los hermanos a vacilar y es común que en las conversaciones se evoquen los recuerdos de su papá y su mamá, quienes en el año 2002 llegaron a cumplir sus bodas de oro, en una celebración tan grande que todavía recuerdan con gran cariño.

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