Anibal Villalobos Rodríguez. Parte II: En el 55 cayeron como sapos, cansados, no se quitaron nada
Aníbal participó como reservista con otros 29 belemitas en la batalla contra lo que se llamó la “contra”.
Equipo Proyecto Memorias de Belén en el 48
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La pasión por la política hizo que Aníbal entrara en las reservas del gobierno, donde se preparó por un año en Lindora y en el Barreal. Las sesiones terminaron en noviembre de 1954, recibió un diploma y aprendió a usar espuelas, desarmar y armar armas y tirar al blanco.
Relataba que quienes fueron a entrenar no sabían nada de lo que vendría. Todos estaban contentos con el diploma, porque decía que eran muy pobres y en ese tiempo nadie estudiaba, por lo que el título se convirtió en algo para celebrar en vida.
En enero del 55, Aníbal estaba en la máquina de coser trabajando, cuando vio la noticia de que serían reclutados porque las fuerzas de Somoza estarían por incursionar al país para apoyar a Calderón, quien estuvo en Nicaragua en el exilio.
Recordaba con angustia y tristeza que les dijeron que se prepararan. A él le agarró “tembladera”, las costuras se le torcieron y no pudo trabajar más en la máquina, decía. Según mencionaba le cogió una cosa muy terrible.
Pensó en lo que implicaba dejar a la familia. Le dijeron que ya tenían la preparación y que debían cumplir con la patria, sin ganarse un cinco, pues no eran empleados directos del gobierno.
Alistó solo una cobija sin saber lo que iba a suceder. De Belén iban 29 personas, todos buenos muchachos, sin vicios. Solo uno no fue porque no quiso ir o no podía. Se fueron en un camión que los llevó primero a Heredia. Entre estas personas recordaba que iba un hermano de él, 3 integrantes de “Los Calores”, Humberto “Beto” Zumbado y Manuel Murillo.
Relataba que se despidió de las personas que más quería con un: ¡Adiós! Una vez en Heredia, ya estaban al servicio esperando para ir a la guerra. Luego, se montaron en un camión rumbo a Liberia, donde se apearon y comenzaron a caminar montaña adentro.
Él y sus compañeros iban armados con un tiro al que llamaban “tiro 50”. Recordaba con un tono de tristeza elevado por un trauma que aún persistía en la mente, lo terrible que era estar en un frente de guerra.
Muertos montaña adentro
En la montaña no tenían qué comer, ni agua para tomar. Recordaba que cuando llegaban a un río, el grupo parecía como vacas agachadas tomando agua. Todos estaban llenos de barba.
En esas condiciones pasó junto al resto de compañeros mes y medio. Además de los 29 que salieron de Belén, habían 271 reservistas más que iban en ese camino. Comentaba que por donde iban llegando les daban quesos, plátano.
Mencionaba que cuando llegó el frente de guerra, la gente del gobierno llevaba una fecha y tenían por obligación ir de primero, se murieran o no, luego entraban ellos. Las fuerzas enemigas estaban acampando en un pueblo que le decían El Amo.
Aníbal y sus compañeros estaban esperando que se diera el golpe para ver qué les tocaba. A El Amo llegaron a la una de la madrugada, y, por suerte, las fuerzas del gobierno habían entrado antes, alrededor de las cuatro de la tarde, y acabaron con todas las fuerzas enemigas.
Decía que por dicha el gobierno venció al enemigo, sino ellos como reservistas hubieran tenido que entrar al frente de guerra.
Cuando llegaron aquello fue fatal. Estaban cansados, con hambre y les dijeron que no volvieran a ver para abajo porque ahí estaban los muertos en estibas, que vieran para el frente, recordaba.
Caídos sin recuerdos
Anibal relataba que se le partía el corazón al ver a las personas ahí muertas esa madrugada, porque simplemente serían olvidados.
Solo por combatir por una promesa, por un puesto que les ofrecieron en la policía como comandante, entre otros roles. Eso lo recordaba de los papeles que les encontraron en los bolsillos cuando los revisaban, muchos eran nicaragüenses.
Relataba que los combatientes de la otra acera seguro venían muy contentos, pero los engañaron porque no les daban nada al final. No sabía si les pagarían o no.
Luego, siguieron el camino para dormir en la iglesia de La Cruz. A la una de la mañana tuvieron que pasar un río, con el agua hasta arriba, recordaba.
La Cruz del descanso
A La Cruz llegaron armados, y los jefes ya sabían que eran ellos. Igualmente, encontraron gente muerta alrededor, tanto nicaragüenses como costarricenses.
Cuando llegaron, Aníbal recordaba que cayeron como sapos, cansados, nada se quitaron. Amanecieron con el arma guindando.
Al otro día, lo mandaron con 10 o 15 hombres más para Puerto Soley a una escuadra. Decía que como aún seguía vivo quizá le tocaba morir en ese otro sitio, porque estaban en lo que llamaba: “Las barbas de Somoza”.
La pipa de Soley
Aníbal contaba que al siguiente día había finalizado la revolución. En eso, vieron un palo de pipas y preguntaron quién se trepaba, él inmediatamente se ofreció.
Dejó el arma M11 recostado al árbol y comenzó a jalar. Cuando alertaron que venían dos hombres desconocidos caminando hacia donde ellos estaban, los cuales fueron capturados.
En ese instante, Aníbal mencionaba que lo único que pensó fue en el M11, porque si lo hubieran agarrado los mataban a todos. Se bajó sin apear pipas, inmediatamente agarró el arma y se la puso en la espalda.
Aníbal describía a los hombres como dos “pobrecitos muchachos” que estaban muertos de hambre. A las 4 de la tarde, un carro estilo jeep llegó a recogerlos y se trajeron a los presos que estuvieron en la guerra.
A los hombres los dejaron en la cárcel, no supieron quienes eran y que estuvieron en la penitenciaría, decía.
La enfriada
Cuando acabó todo, les dijeron que ya venían de vuelta, relataba que todos se pusieron muy contentos con la noticia, porque luego de mes y medio de estar metido en la montaña, bajo la incertidumbre de estar en el frente de guerra, estaban vivos.
Se vino con sus compañeros del puesto en el que estaba, y cuando llegaron a La Cruz, les dijeron que no podían seguir. Aníbal lo recordaba como una “enfriada” que sentía en su cuerpo.
Según él, dado que Calderón perdió la guerra, Somoza le declaró la guerra a Costa Rica y envió soldados, aviones y tanquetas a Calderón para que volviera a tomar el poder.
Recordaba con desdén que luego de esa noticia, se les bajó toda la alegría que tenían.
El regreso
Posteriormente, llegó una contraorden donde les mencionaron que podían volver, porque, según mencionó, la OEA había intervenido y le dijo a Somoza que si él y Calderón habían perdido la guerra, no tenían derecho de invadir Costa Rica.
Recordaba que brincaron de una pata porque ya venían. Vieron el camión cuando llegó y se treparon todos alegres.
En todo lugar que pasaban les recibían con aplausos y felicitaciones como en San Ramón, Alajuela y Heredia. Cuando llegaron a Heredia, los trasladaron a la casa donde fue recibido por la familia.
Una guerra jamás
Cuando se fue con su hermano mayor a la guerra, todos en su casa lloraron, el papá, la mamá. Además, decía que cuando se necesita salvar el país, se tiene que responder con algo, inclusive con la vida.
En su momento se fue de Belén a la frontera norte de Costa Rica sin saber si iba a volver. Relataba que en una guerra la puerta tocada es un hombre muerto y que nadie sabe dónde va morir, ni quién, ni cuándo.
Durante los días que estuvo en la guerra, decía que fue Dios quien los cuidaba a todos porque tampoco se enfermaron. Además de que todos los belemitas volvieron vivos y pudieron seguir contando la historia.
Aníbal mencionaba que las familias eran muy rezadoras y sus plegarias ayudaron a que volvieran sanos y salvos. Relataba que por dicha no le tocó disparar un tiro, porque sino hubiera sido una masacre y no estaría contando la historia que relató, y que hoy el Periódico El Guacho lleva hasta su casa.
Sobre la guerra, decía que es un capítulo que nunca debe volver a pasar en Costa Rica, porque es algo muy triste.
