abril 19, 2026

Velocidad, convivencia y vida: un llamado urgente a la prudencia en carretera

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Imagen con fines ilustrativos.

Imagen con fines ilustrativos.

Las carreteras no son pistas de competencia. Son espacios de convivencia donde cada decisión cuenta y donde un segundo puede marcar la diferencia entre llegar a casa o no hacerlo.

El pasado domingo, ascender por la carretera que comunica Zarcero con Ciudad Quesada, fue imposible no sentir preocupación. Decenas de motociclistas —más de un centenar— circulaban a velocidades claramente superiores a las permitidas, en una vía conocida por su alto tránsito, curvas cerradas y condiciones que exigen máxima atención. 

No se trata de una percepción aislada, sino de una realidad que muchos conductores han experimentado y que merece reflexión. Este no es un señalamiento contra el uso de la motocicleta. Al contrario: la motocicleta es un medio de transporte válido, ágil y necesario. 

El problema surge cuando el exceso de velocidad y el uso irresponsable de motos de alto cilindraje convierten la carretera en un escenario de alto riesgo, no solo para quien conduce la moto, sino también para familias, adultos mayores, transportistas y cualquier persona que simplemente desea viajar con tranquilidad. 

Quien ha tenido la oportunidad de conducir largas distancias en países como Estados Unidos o España puede constatar una diferencia clara: más allá de la infraestructura, existe una cultura de prevención. Se respeta la velocidad no por miedo a la multa, sino por conciencia de que compartir la vía implica responsabilidad mutua. Nadie está exento de un error, pero la prudencia reduce consecuencias irreversibles. 

En Costa Rica, y particularmente en rutas como la de Zarcero–Ciudad Quesada, la combinación de alta velocidad, adelantamientos imprudentes y tráfico mixto crea una fórmula peligrosa. Las estadísticas de accidentes viales lo confirman año tras año, pero más allá de los números, están las historias humanas que no siempre llegan a publicarse. 

Este artículo no busca confrontar, sino invitar a reflexionar. A los motociclistas: la destreza y la potencia no sustituyen la prudencia. A los demás conductores: la tolerancia y la atención son claves. Y a las autoridades y medios de comunicación: reforzar la educación vial es tan urgente como fiscalizar. La carretera no es un lugar para probar límites, sino para ejercer respeto. Cuidar la vida propia y la ajena no es una obligación legal únicamente, es un deber moral. Bajar la velocidad no quita tiempo, regala vida.

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