Vestigios de la historia abandonados en un patio de Barrio San Isidro
Alcancía para limosnas provient posiblmente del Templo de San Antonio. Foto: Daniel Alvarado Luna.
San Antonio de Belén es un pueblo, que, a diferencia de sus pares heredianos, ha construido su templo y casa cural varias veces. El reemplazo de una estructura a otra ha sido siempre casi total con algunas excepciones. Sin embargo, los materiales de las estructuras viejas no siempre se desecharon, en algunas ocasiones se revendían y en otras se reutilizaban.
Un ejemplo de eso fue la vieja capilla de Barrio San Isidro, donde yo y mi familia actualmente habitamos. Ana Teresa Sánchez en su libro “Belén Antes”, comenta que dicha capilla fue construida en 1958 con materiales de la vieja Casa Cural, la cual, según las Actas de la Junta Económica de la Iglesia, se construyó en 1917 y fue reemplazada en 1958 por otra por sus malas condiciones.
La tradición oral sostiene que la familia Luna, agricultores representativos de la devoción a San Isidro, fue quien prestó un terreno para la construcción de esta capilla. Con el paso del tiempo, conforme el Templo de San Antonio fue objeto de mejoras y reconstrucciones, a la capilla se le incorporaron materiales y objetos que fueron descartados del templo principal, como las verjas de hierro y plomo.

Estas podrían corresponder a las que, según las actas de la Junta Edificadora, se colocaron a finales del siglo XIX en la fachada del primer templo, o bien tal vez fueron instaladas con la construcción del segundo templo en 1940. Asimismo, se conserva una alcancía de hierro, posiblemente destinada a la recolección de limosnas. El piso era amarillo con rojo, con mosaicos de diseño propios de finales del Siglo XIX y principios del XX.
En la década de 1980, esa capilla fue descartada, porque resultaba insuficiente en tamaño, y se reemplazó por un Salón Comunal, cuyo terreno también perteneciente a la familia Luna, fue vendido por el patriarca de la familia de aquel entonces, Juan, con el propósito de contribuir con la comunidad y asegurar un espacio digno para profesar la fe religiosa en el Barrio, sobre todo el 15 de mayo, Día de San Isidro. La vieja capilla no fue demolida, y quedó, por donación, a manos de una sobrina nieta de Juan: mi madre, Marta Elena, la cual la siguió prestando por un tiempo más, mientras construían el nuevo salón.
Casi sin modificaciones, incluida el área del atrio, la capilla fue convertida rápidamente en un local de Pollo Frito por el asuncioneño Emilio Núñez. Posteriormente, pasó a manos de Manuel “Tuy” Aguilar, quien, con su “Pollo Frito Fiesta”, transformó el sitio en un espacio icónico de sociabilidad comunal, ampliamente marcado por la profanidad, lo que desde una mentalidad religiosa se veía como una desacralización.
Con la partida de Tuy del lugar, la capilla fue ampliamente modificada: algunas de sus partes fueron removidas y colocadas a la intemperie en el patio de mi madre. No obstante, la estructura conserva casi la totalidad de la madera original.
Ciertamente, esos vestigios, a los que durante mucho tiempo no presté mayor atención, siempre me hablaron como vigilantes materiales de la religiosidad familiar. Con el paso del tiempo, he ido desprendiéndolos de esa connotación y hoy los observo desde otra perspectiva: como testimonio de un pasado local que se deterioran y se pierden junto a él.


