La Lotería
Imagen con fines ilustrativos. Foto: Telediario Canal 8.
Oscar Álvarez González y Manuel Emilio Murillo*
En relación al tema de la lotería habrán infinidad de anécdotas, sueños, ocurrencias, esperanzas frustradas, dineros mal administrados. A muy pocos los acompañó la suerte que abandonó siempre a la gran mayoría.
Muchas personas, especialmente de escasos recursos, albergan ilusiones en resolver sus necesidades más apremiantes como una casa de habitación, muebles, remodelaciones urgentes como el techo y las consecuentes goteras.
Otros, quisieran tener un mejor medio de transporte, renovar electrodomésticos, pagar deudas o, porqué no, viajar y conocer otros destinos.
En fin, las ilusiones y esperanzas de una vida mejor, basadas en probabilidades casi nulas, se traducen en frustración y amargura.
Muchos se aprovechan y lucran con la ignorancia y la ambición poco fundamentada. Muchas veces, contribuyen los medios de comunicación en crear las expectativas poco realistas.
No sólo venden la lotería y los tradicionales chances de la Junta de Protección Social; sino que hay “tiempos “ nicas, panameños y hasta de República Dominicana.
Cuando se avecina el momento del sorteo, aparece la especulación propia de los vendedores, los cuales se dan el lujo de cobrar hasta el doble del precio de la fracción, aprovechando una vaga y tardía ilusión y de una limitada oferta.
Existirán historias de todo tipo. Veamos la siguiente: Una empresa cuenta con 12 o 13 trabajadores humildes, los que hacen un ahorro y compran 10 u 11 enteros de lotería navideña (era la época en que, si no recordamos mal, el premio mayor se ganaba con un único entero del premio mayor).
Dichos enteros quedan guardados en la única oficina de la empresa donde laboran, dentro de un antiguo archivador cuyo llavín está dañado y, por lo tanto, puede ser abierto por quien tenga acceso o pueda entrar a la oficina.
En tal empresa se traslada la materia prima diariamente, en la madrugada, de modo que esté disponible para empezar a laborar cuando llegan los trabajadores.
El camionero encargado de transportar la materia prima llega el día siguiente a la fecha en que se “jugó” el premio mayor de la lotería, como lo hacía habitualmente y “todo normal”.
Uno o dos días después de ese domingo el vendedor de lotería llega a la empresa e indica estar seguro que él vendió el premio mayor ahí, y que viene a ver si puede ser retribuido con “algo”.
Los humildes trabajadores, el día siguiente del sorteo navideño, hacen lo mismo que todos los compradores de lotería: llegan, uno o dos revisan, y para su frustración se enteran que no han ganado ni la terminación.
Tampoco se percatan de una sutileza y es que podría faltar un entero (en un momento en que lo importante era saber si habían ganado algún premio difícil pensar en contar el número de enteros de lotería).
Unos meses después, el transportista renuncia al trabajo, construye una casa muy amplia, amueblada, igualmente con todo nuevo, piscina incluida y no sólo eso. Construye una planta de proceso de carnes para hacerse un espacio en el mercado y practicar una competencia desigual con su antiguo empleador. Obviamente para lo cual requería un importante capital de trabajo.
Inicialmente, el transportista justifica sus fuentes de financiación por el aporte de un supuesto suegro millonario.
Las sospechas, conjeturas y dudas empezaron un año después cuando el citado “nuevo empresario” aparece enfermo de cáncer en el cerebro, e informa que hay cosas que le gustaría hablar con sus antiguos compañeros de trabajo. El tiempo o su voluntad no se lo permitieron y muere rápidamente.
Un belemita muy conocido, Nelson Zumbado o “Choco”, trabajó en ambas empresas. Conversar con él podría ayudar a medir el grado de fantasía o realidad de este relato o anécdota sobre la lotería.
Seguramente, habrán pensado ustedes, estimados lectores, en otras muchas historias sobre el tema que hoy nos ha ocupado. Tal vez es consustancial al ser humano la ilusión que percibimos en el llamado impuesto a los pobres.
*Los autores son vecinos del cantón de Belén.
