El Mural de San Vicente
Vista de uno de los murales. Foto: Daniel Alvarado Luna.
En el contexto histórico latinoamericano, los murales han sido una de las principales herramientas utilizadas por las comunidades para resignificar el espacio público. A través de ellos, se expresa la memoria colectiva con el propósito de fortalecer la identidad común, fomentar la organización social y visibilizar demandas de reconocimiento político.
San Vicente, barrio a las afueras de Puente Mulas, ha sufrido desde su fundación marginalización y estigmatización, lo cual ha tenido consecuencias negativas en el tejido social barrial. No obstante, con la acelerada expansión de la globalización capitalista en los últimos años, con particular intensidad en el cantón de Belén, que produce mayor presión sobre la tierra y los recursos del área, y conduce a un estilo de vida individualista centrado en el consumismo, la amenaza de deterioro es mucho más grande, lo cual se agrava el hecho de que este barrio se encuentra en una indefinición territorial que le dificulta obtener apoyos externos y consolidar su sentido de pertenencia. La juventud es especialmente vulnerable en este contexto, ya que enfrenta mayores posibilidades de desarraigo y desplazamiento.
Frente a este contexto, la comunidad de San Vicente se organizó en torno al proyecto ‘Historia de Barrio San Vicente: con jóvenes y colores’, cuyo objetivo fue recuperar de forma colectiva la historia del barrio. A partir de este proceso, se elaboró un mural destinado a integrar a la comunidad —especialmente a las juventudes—, fortalecer la identidad local, posicionar su propia representación y apropiarse de los paredones públicos para sus propios fines políticos.
El mural es fruto de la creatividad de quienes participaron en el proyecto, y fueron ellos mismos quienes plasmaron los trazos y llenaron de color los paredones. En un primer segmento, el mural representa las fuerzas que permiten y sostienen la existencia del barrio: la madre tierra y San Vicente de Paul, una natural, otra histórica.
La primera, sustrato primigenio y germinante, otorga al barrio tierra fértil, aire puro, abundancia de agua, y bosques frondosos llenos de fauna. La segunda, representación de la organización de caridad que dio origen al barrio a mediados del Siglo XX, establece una vinculación social basada en la empatía y la solidaridad.
En los segmentos siguientes se revelan los efectos de la conjunción de ambas fuerzas. Por un lado, un entorno natural denso y profundo, que brinda sustento, disfrute, belleza y una sensación de trascendencia. Destacan en él las aves, con sus formas y colores singulares, como si fueran guardianas de la esencia del lugar. Otros animales, como la iguana y el mapache, deambulan con calma, haciendo parecer el sitio un refugio hospitalario.
Por otro lado, un pueblo de gente humilde y trabajadora, que, con el fruto de sus propias manos, hombres y mujeres por igual, saca adelante a los suyos, mediante la crianza de animales, el cultivo de la tierra, la recolección, la caza, y los jornales mal pagados (como aquellos que evocan el recibidor de café), aprovechando la riqueza de su entorno, con el que mantiene una relación simbiótica, basada en una integración armónica. Ahí también se asientan las casas simples y pequeñas de madera, las primeras del barrio, construidas gracias a la Asociación Vicentina. Su presencia es un testimonio elocuente del valor de extender apoyo a quienes más lo necesitan y de la fuerza de la cooperación como camino para alcanzar el bien común.
Finalmente, el sobresaliente puente, el cual no es otro que aquel construido a finales del siglo XIX, cuyas ruinas aún podemos pisar. Su función sigue siendo la misma: conectar. Se integra al paisaje natural como si siempre hubiese pertenecido a él, pero al mismo tiempo es lo que permite recorrerlo y habitarlo plenamente.
Puede que algunas de estas evocaciones estén teñidas de cierto romanticismo, pero hay que entender que este mural remite al pasado en proyección al futuro, lo que se fue y lo que se quiere ser se entremezclan de forma compleja. El ayer que se pone en primer plano, moldeado por la propia ilusión del presente, construye la imagen sobre el mañana. Misión cumplida: un mural que evoca un San Vicente de la esperanza.

