Manuel “Queco” Álvarez: el hombre que hacía llover


Queco Álvarez era una persona con múltiples oficios.

Oscar Álvarez González*

Cada quien en esta vida escribe su propia historia. La crónica que les quisiera contar ahora, es una verdadera reseña de una persona con diversas facetas, que muchos que le conocieron sabrán dar testimonio de lo que era capaz.

Era humilde y sencillo, pero muy conocido en nuestro cantón, y no por cosas materiales, sino por su entrega al trabajo honrado.

El hombre del cual quiero contarles era mi padre, Queco Álvarez, como muchos lo conocían. Tenía unas cualidades extraordinarias para hacerle frente a la vida y sabía hacer de todo: fue agricultor, carpintero, albañil, relojero, mecánico, electricista, pintor, cocinero, operador de cine, operador de calderas, chofer, minero, fontanero, un gran bailarín y por supuesto un excelente papá. 

Recuerdo que, en una ocasión, que venía yo de la Escuela España y una señora muy elegante me preguntó: “oiga chiquillo, ¿no estará su papá en la casa?”. Le respondí que me iba a fijar. Yo ni me imaginaba que a alguien se le ocurriera buscar una persona al mediodía para realizar una práctica de baile de una canción muy de moda en esa época que se llamaba ‘’Azul Pintado de Azul’’.

El asunto es que papá me solicitó que le ayudara a apartar los muebles de la sala y sin mucho mate, como él decía, se cuadró a enseñarle a la elegante señora la forma de deslizarse rítmicamente siguiendo las notas musicales de “Azul Pintado de Azul’’. 

Fue ese día que me di cuenta del por qué la gente decía que Queco era un gran bailarín, al estilo Fred Astaire como sus mejores tiempos en Hollywood. Ya han pasado más de 10 años de su partida y todavía hay personas que me preguntan si alguien de la familia adquirió esas cualidades. 

Yo sinceramente no lo sé, ya que ni sé bailar, pero, francamente, es bastante difícil bailar como él lo hacía. Además de sus dotes de bailarín a papá le encantaba el cine, testimonio de ello es que fue operador del Cine Raventós en San José, del Cine Belén que estaba frente a la plaza de fútbol y por último en el Cine Murillo que se encontraba a 50 metros de la Municipalidad. 

Conocía bastante de películas y nos transmitió de alguna forma la afición al 7º Arte. De allí que casi todos en nuestra familia somos aficionados al cine.

Siempre nos recordaba que no dejáramos de observar la película más ganadora de oscares, Ben Hur, que obtuvo en esa época 11 estatuillas, y la que ha sido considerada la mejor de todos los tiempos ‘’El Ciudadano Kane’’:

Gracias a las recomendaciones de él, en el Cine Murillo estuvieron exhibiendo una serie los días viernes, que por nada del mundo nos la perdíamos mis hermanos y yo. La serie se llamaba “Los tigres del Ring’’ con el actor Cross Alvarado, donde todos los capítulos eran sensacionales para nosotros.

En una ocasión exhibieron la película “El Monstruo de Otro Planeta’’, entonces nosotros invitamos a varios carajillos por la cómoda suma de 50 centavos. Lo que sucedía era que a la par del cine existía un salón de baile conocido como “El Seringa’’, donde aprovechamos un hueco por donde pasábamos a los chiquillos por cincuenta centavos. Toda una ganga, ya que la entrada costaba 2 colones 50 centavos. Con razón don Memo Murillo, propietario del Cine, una vez finalizada la película le decía a papá: “Y diay, Queco, de dónde salió tanta gente’’. ¡Que buenos tiempos aquellos!

Asimismo, a mi papá lo llegaban a buscar para arreglar: radios, relojes, tocadiscos, cocinas, pajas de agua, carros y un montón de cosas más. Inclusive hacía inventos para instalar de alguna manera algún sistema eléctrico o de cañería. Él se las ingeniaba para no decirle a la gente que no se podía. 

En una ocasión sembró una mata de pitahaya en el terreno de casa. Durante la época seca, papá se inventó un sistema de riego aéreo que consistía en una tubería que salía de la casa y llegaba directamente a la mata de pitahaya. Allí, sobre la mata, le fabricó una especie de sombrero con latas de zinc y le colocó varios niples de hierro galvanizado a los cuales les perforó varios huecos que daban, exactamente, sobre la hermosa planta. Al abrir la llave, la mata se irrigaba completamente, pero cerca de esta estaba otra de guanábana, ideó colocarle a la base del sombrero unos ruedines para anegar las dos plantas sin mucho esfuerzo.

Lo cierto es que como el invento estaba dando tan buenos resultados. Incluso se lo aplicó a una pequeña milpa que había sembrado en el mismo terreno y en pleno verano. Quizás, si lo hubiera patentizado, hubiera competido con el mejor sistema de riego de la época, por eso me causó mucha gracia el día que llegó don Sacramento Luna a buscar a papá y me dijo: “¡Muchachillo! ¿no se encuentra el hombre que hace llover?”.

*El autor es vecino de San Antonio de Belén, profesor pensionado y destacado con la orden Billo Sánchez por su trabajo en beneficio del pueblo de Belén    

Este artículo fue originalmente publicado en la década de los 90 en la antigua revista municipal Surcos. El mismo constituye un homenaje a Don Manuel Álvarez González, nacido el 3 de enero de 1912 y fallecido el 26 de octubre de 1986. 

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