La pérdida de la comunidad en Belén


Michelangelo Grieco Agüero*

¿Nos hemos puesto alguna vez a pensar cuánto ha cambiado Belén desde que nacimos o vivimos aquí? Cada habitante tiene su propia versión de Belén en la cabeza y lo recuerda o añora a su propia manera: desde una niñez rural y pintoresca, o el paso por el Liceo de Belén, podría ser incluso hasta una madurez tranquila, con tiempo para salir a caminar un rato al centro para alguien. Sin embargo, todas estas versiones deben amoldarse en una sola realidad, que es nuestra comunidad. El espacio que construimos y transformamos colectivamente todos los días por el hecho de vivir aquí, de conocer e interactuar con nuestros vecinos y vecinas y de tomar decisiones en conjunto para salir adelante. Y así, definir nuestra propia historia como pueblo. La historia del pueblo de Belén.

Últimamente, parece que muy pocas personas tienen conciencia de esto, puesto que existe una muy baja participación ciudadana en términos porcentuales sobre todas las actividades que se organizan en Belén; ya sea por una organización de barrio como el Comité del Residencial, una Asociación de Desarrollo como la de Cariari, La Asunción o La Ribera o las mismas instituciones del cantón, como el Liceo o las Escuelas para recaudar fondos. Con esto me refiero a espacios desarrollados para la comunidad como conversatorios, actividades culturales y deportivas, bingos o incluso los mismos turnos. Y es que es justamente así como se forja una identidad colectiva: con espacios comunitarios, calidez y solidaridad.

¿Por qué hemos olvidado estos valores fundamentales? Pues, con la realidad cambiante y un mundo más autómata e individualista, nos relacionamos más con una máquina (computadora, teléfono, tablet) que con otros seres humanos o incluso nuestro propio entorno. Es por eso que priorizamos en nuestra mente el dinero fácil con la venta de una finca, o el argumento de la generación de empleo por ejemplo, por sobre la defensa de nuestro ambiente natural cada vez más reducido y amenazado o incluso la sanidad de nuestros ríos. Esto sucede debido a que se nos fueron implantados valores individualistas por encima de los valores colectivos, como la competitividad sobre la cooperación o las aspiraciones individuales como viajar, comprar un carro, comprar una casa, por encima las aspiraciones colectivas como proteger el ambiente para nuestro disfrute colectivo así como el de las próximas generaciones, proteger nuestras fuentes de agua o dar más atención a los espacios recreativos del cantón. Al fin y al cabo ¿en qué me beneficia directamente a mí? Pues en nada, si el enfoque es sacar provecho de forma individual.

Tenemos que romper esta lógica individualista si queremos recuperar nuestra identidad, dar más atención a las personas y las cosas que nos rodean, para que con ello podamos recuperar parte de nuestra humanidad que habíamos olvidado, recordando que nadie puede comprar su felicidad y que no hay sentimiento más maravilloso que sentirse pleno.

*El autor es Concejal Municipal por el distrito de San Antonio de Belén.

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