María Sofía: primera parte


Por: Zayda Pérez Zumbado*

Anoche, estuvo en casa María Sofía de las Mercedes. Ella siempre tan erguida; sin embargo, ayer su cuerpo parecía un signo de pregunta. En lo profundo de su mirada percibí un alma en ruinas. Quité el candado de mi puerta, para que se desahogara; pero se atragantó en gemidos. Muy extraña me pareció su actitud, pues en el barrio se le conoce como una mujer de armas tomar. A mí, me lleva una larga distancia en tiempo, no sé qué asunto podría hablar con ella, ni cómo entretenerla, pero creí conveniente escucharla. Mamá me aconseja, que la trate siempre con respeto; dice que la cortesía es una especie de levadura, que acrecienta la amistad.

Ayer, cuando entró a la casa, se dio cuenta de que yo estaba sola. Le pedí que se sentara, que mamá en unos minutos regresaba, pero no quiso hacerlo. La seguí hasta la puerta y le dije:– Doña Merce, mamá ahorita regresa, espérela, voy a preparar café así me acompaña. – Yo no tomo café, señorita, y sépalo bien, me llamo María Sofía de las Mercedes y no tengo don. Ni siquiera Claraluz, que estrena marido cada seis meses, permite que le carguen ese título.

No le entendí bien lo del título y quise saber el motivo de su enfado. Ella no masticó palabra. Entonces comenté –Doña Merce, en otra época a las señoritas de rango, se les nombraba de esa forma; además, usted es una señora, no entiendo por qué se molesta, porque la trate así. Ella más acalorada contestó:– Mi nombre es María Sofía de las Mercedes y desde aquella época hasta hoy, han corrido más de 500 años. ¡Por favor, muchacha, no me diga apodos! Y salió cuchicheando.

Al día siguiente, Anatolia oyó un golpe fuerte en el corredor; se asomó por la ventana y miró a una figura macilenta, que se sostenía de la pared. Era María Sofía de las Mercedes con su chaqueta negra; entonces, corrió hacia ella, le puso la mano en el hombro y preguntó –¿Qué sucede, amiga? Con voz humedecida, la otra respondió: – Nada. Y luego le contó, que había tenido un disgusto del tamaño de tres elefantes.

– No, Anatolia, no estoy exagerando, mi sobrino José Mateo me lo ha dicho varias veces –. La pobre Bélgica, con esos ojos bellos y su atractivo porte, no puede hacer amistad con nadie. Varias veces he querido acompañarla a la salida de la escuela; pero ese fantoche la lleva y la trae como si estuviera todavía en el prekinder. Todo eso me lo aseguró mi sobrino; sin embargo, no le puse oídos al asunto.

Lo que más me molesta Anatolia, es que yo se lo advertí a Maribel antes de casarse: – Ese hombre es una cochinada, tiene mirada venenosa, sentimientos huecos–. Se lo repetí; pero metió cabeza ¿Puedes creerlo? El sábado echó a la niña de la casa; ahora, no la quiere ver ni en fotografía. Ese pendejo es un degenerado. Vos me conocés bien Anatolia, sabés que no miento, tampoco soy una suegra satánica; pero tengo mis años. Sabía que algo malo estaba rondando la familia; aunque en realidad la idea no me cabía en el tiesto. Desde hace días, observo a la chiquilla silenciosa, palideja y sin apetito. Pobre nieta, quieren mandarla a la finca de su abuelo en Cabo Blanco ¡Eso jamás lo voy a permitir!

Anatolia le palmeteó la espalda y dijo: – Disculpá, María Sofía de las Mercedes, “te voy a meter el caballo”, iré a traerte una taza de leche caliente para que te tranquilicés. Luego, me aclarás el asunto, no entiendo ni pizca de lo que me has platicado.

 

*Escritora belemita y educadora pensionada

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