junio 1, 2022

La colina de las bromas

Desde la Colina de las Bromas se apreciaba lo que hoy en día es Calle Flores

Desde la Colina de las Bromas se apreciaba lo que hoy en día es Calle Flores

  • Esta historia que relata vivencias de personajes belemitas del pasado debió ocurrir en algún momento de la década entre 1930 y 1940    

Por.  Marco Tulio Alfaro Villalobos. “Tuli”

Eran como las 6 de la tarde en esos días de invierno, que anochece repentinamente. Conversaban en el cerco, Fidelinna y José Bolaños.

– ¡Mira José! ¿qué será aquella luz, que parpadea allá en el monte, arriba por donde empieza el cafecillo, como a la ocho y treinta, todas las noches?

– No lo sé hermana, pero debe ser un alma que anda en pena, debe de haber un entierro, en esa colina, deberíamos buscar un experto en encontrar botijas, mínimo debe sacarse oro de esa loma.

– ¿ -Usted lo cree José?

– ¡Si muy probablemente!

– Le preguntare a Claudio por alguien que pueda sacar ese entierro. El que anda de saca, en saca.

– Usted querrá decir de rasca Nina.

– Si no es para tanto hasta tiene novia, allá, por donde llaman la candela.

– Si no más observe usted, hermana, como anda en esa yegua, parece el rocinante de don Quijote; cuidado con esos muchachos, recuerde lo que le hizo el menorcillo a don Lito, con aquel cuero de conejo, nunca había visto a ese señor tan bravo, como esa tarde, es que hasta los perros se fueron de bruces con esa broma, esos sabuesos corrían con aquel cuero relleno de paja, y Don Lito les gritaba: manchas, tigre suéltenlo que le di. ¡Jajá! -Bandidos chiquillos. 

Se veían venir bajando de la colina, dos de los menorcillos, junto a balan su perro de compañía que, en su cuello portaba un pañuelo azul, confeccionado por la tía Marta, que se escuchaba toser muy crónicamente, debido al fumado de tabaco, que ella misma secara e hiciera la picadura y cigarrillos, para fumarlos, en la interminable noche.

Al fin, llegaron varias recomendaciones, a la casa de Fidelinna bolaños, por causa de aquel entierro:

– ¡Upe, ñora,!

– ¿Que se le ofrece?

– Es que vengo por lo del entierro.

– ¿Quién te recomendó?

– El suegro de su hijo

– ¿A ver qué cobra usted?

– Bueno si se logra sacar en una noche serán quinientos pesos, pero si se tarda más, serán doscientos por noche.

– Pero mijo, con esos precios podríamos mandar a nuestra hija a la escuela, gracias de todos modos.  

Así, pasaron varios recomendados, por la casa de la señora que, soñaba con un futuro mejor para aquellos niños. Entonces paso el tío José por detrás de la casa de madera, que se mostraba rustica y vieja como la piñuela.

– ¿Nina y que tal te fue con el asunto del entierro, pudistes conseguir al conjurador?

– Que va, cobran como si se fuera a sacar una mina.

– Pero si por allá en las casas del río hay un sujeto de los chésquelo, el ciclón que lo hace hasta de gratis.

– ¿Y qu– ién será? No creo que se tan de gratis; mira José vamos a darle tiempo a este asunto, hasta que Genaro regrese de Puntarenas y, luego hablaremos con ese tal… 

– Ciclón, Nina.

– Genaro Alfaro su esposo, jamás regreso de su tortuoso viaje, al puerto del Pacífico, dicen que murió de disentería, otros cuentan que fue blanqueado, por un capitán de la guardia rural, no se sabe, quizá problemas políticos.

Transcurrió algún tiempo de las bromas de aquellos niños, que corrían colina abajo al lado de su can, el del pañuelo azul, confeccionado por la finada tía marta. En aquella desesperación de la pobreza, Nina hizo llamar al guaquero.  Una tarde se presentó en el portón de aquella vivienda, el hombrecillo: afable, ojo achinado y tres pelos en su barba.

– Buenos días ñora, soy huevo de lona, el sacador de entierros.

– ¡Ah sí ¡ ¿y a qué precio?

– Mire, a usted no le cobro, pero tienes que tenerme un paquete de cigarrillos, y por lo menos cuatro cajas de fósforos, como ofrenda para aquellos antepasados.

– ¡De acuerdo! el espanto aparece como a eso de las 8:30 de la noche. 

Doña Nina, cogió dos rollos de cigarrillos de su finada hermana, y el resto de tabaco aun sin picar, los metió en una bolsa, junto a cuatro cajas de fósforos. El hombre llego puntual, él era tuerto, al parecer perdió en una pelea su ojo izquierdo, mientras estuvo en la prisión de San Lucas. 

Tomó la ofrenda que le dio la señora; antes de subir a la colina fumo dos cigarrillos, diciéndole: ” los difuntos se lo agradecerán”. Al llegar a alto, en esa noche oscura, con sus manos temblorosas, tomo los fósforos ante aquella misteriosa luz, serró su único ojo,  y lanzo su primer conjuro: encendió el fosforillo, lo tiro al aire, diciéndole :

–Si es oro o plata que sea conmigo, y si eres de este mundo quédate, y si no lárgate para los infiernos–.  Se escuchó una respuesta tras aquellos aromas azufrados e infernales: – Ni es oro, ni plata, ni soy de este mundo,  pero ya que estas ahí, huevo de lona,  alcánceme unas cuantas tuzas, que cuelgan de la cerca, para limpiarme el culo jajaja!! Reían los bandidos bromistas de tras de la cerca. “¡huevo de lona…!” Se oyó gritar alguno de todos los muchachos. El corrió colina abajo, perseguido por balan, hacia la calle de las flores, con su bolsa de tabaco bajo el brazo, también insultando: 

– ¡Hijueputas! en el mundo de los ciegos, el tuerto suele ganar. ¡Ajajay…! Reía el ciclón. 

 

* El autor es vecino escritor y poeta, vecino de San Antonio.


Ana Isabel Hernández González

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