El árbol del Cementerio


Un atardecer desde el Cementerio

Alejandro Oviedo González*

En la década de los años treinta del siglo pasado, el camino que llevaba de San Antonio a la Plazoleta, como se le conocía en esa época a lo que hoy es el Barrio de Fátima, era casi imposible de transitar, principalmente por la parte que llamaban la vuelta de los higuerones y luego bajando hacia el caserío era tal el barro y los deslizamientos que imposibilitaba mantenerse en pie.

Para venir de San Antonio, los vecinos optaban por tomar el camino que pasaba frente al cementerio, para luego enrumbarse hacia el oeste y llegar al caserío. Había en ese tiempo, al costado norte del cementerio, cerca de la tapia del mismo, un árbol de aguacate y que naturalmente parte de su ramaje se extendía sobre el terreno del campo santo, lo que aprovechaban algunas personas para entrar y al amparo de las altas tapias coger algunos aguacates que serían una delicia para la cena.

Vivía en La Ribera un personaje al que apodaban Colonga, hombre popular y amigo de andar por esos campos de Dios recogiendo frutas y verduras para su subsistencia, entre esas también el aguacate del cementerio. Con su amigo de andanzas, acordaban llegar al anochecer, subir al árbol, recoger los aguacates y tirarlos dentro del cementerio para  luego hacer el reparto con toda tranquilidad; pero en una de esas ocasiones, dos de los aguacates cayeron fuera de la tapia. Ellos siguieron con su tarea para luego hacer el acostumbrado reparto.

Casualmente, a esa misma hora venían de San Antonio, por el camino antes descrito Jose Manuel, conocido como Chanel con su amigo Rafael y vecinos los dos de la Plazoleta. Al llegar frente al cementerio, oyeron una voz que procedía de dentro del mismo y que parecía del más allá y decía: “uno para usted y otro para mí, uno para usted y otro para mí, uno para usted y otro para mí”, por un instante, quedaron inmóviles de oír tal repartición. Luego, Chanel que era el más expresivo con un grito que más parecía un lamento dijo: “esto no es más que Dios y el diablo repartiéndose las almas”, pasaron escasos minutos que parecieron interminables, de pronto la voz con un grito como una sentencia dijo: “y los dos que están por el lado de afuera”; oír esto fue como si Daniel hubiera abierto la jaula de los siete leones y desesperados corrieron cuesta abajo, y en un santiamén estaban de nuevo en el centro de San Antonio.

Poco después y ya con el ánimo más sereno ,se enrumbaron hacia la Plazoleta, pero tomando el otro camino, prefiriendo luchar con el barro en la sinuosa vuelta de los higuerones que volver a enfrentar esa terrorífica experiencia.   

Por un buen tiempo, los dos buenos vecinos dejaron de pasar por aquel fatídico camino; empero, celebraban muy en sus adentros no haber sido llevados en esa ocasión por Dios y menos por el diablo.

*Escritor y poeta. Directivo de la Asociación Cultural El Guapinol.

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