“Apuntes Históricos de mi Pueblo”: Capítulo IV. Las costumbres de mi gente


Imagen de San Antonio, la misma que según se narra en este capítulo era llevada a Heredia y luego regresada a al pueblo en procesión.

Por. Filadelfo González Murillo*

Las costumbres de los habitantes de San Antonio eran muy sencillas y su moralidad, en todo sentido, no dejaba nada que desear. Estrictos observantes de sus deberes, recurrían todos los domingos y días festivos a Heredia a cumplir con sus deberes religiosos, a bautizar a sus niños y a celebrar sus fiestas, sobre todo al Patrono el 13 de junio. Después de la fiesta, acompañado de la mayor parte del pueblo, volvía la imagen de San Antonio al pueblo y era depositada en la casa del vecino que le había tocado en suerte, guardándola durante todo el año. Los terceros domingos de cada mes se le obsequiaba un Rosario solemne, al cual asistían todos los habitantes del pueblo.

Las diversiones eran sencillas; consistía en que algún aficionado del pueblo hacía las delicias con helados. Además, aquellos honrados y sencillos campesinos disfrutaban con juegos y gracias, especie de sainete inventado por ellos; también con bailes en los que predominaba el fandango y del cual se aprovechaban los novios para declarar en público sus sencillos amores a las jóvenes que elegían para esposas, pues de otro modo no podrían hacerlo en aquellos tiempos en que los padres celosísimos de la honra de sus hijas no permitían otra forma.

En dichos bailes y por medio de poesías adecuadas, declaraban sus intenciones y exponían las quejas que tenían, terminando siempre sus diversiones en santa paz.

En el campo civil por autoridad, hasta el año de 1875, no había más que un Juez de Paz, el cual era suficiente para todo, pues aquí no había riña de ninguna especie entre los vecinos, quienes eran, por lo natural, pacíficos; esto tal vez debido a que todo el pueblo era una sola familia, pues los matrimonios, como dijimos antes, eran consanguíneos; era muy frecuente contraer nupcias en los pueblos vecinos también.

Dedicados como estaban al comercio y a agricultura exclusivamente, sus viajes eran frecuentes a la provincia de León en Nicaragua, donde iban los productos de aquí, y de allá traían algodón, cacao y mulas.

Con el cacao y el algodón ejercitaban el intercambio, pues en aquellos tiempos la plata era de escasa circulación y, además, con el algodón, se fabricaban las mujeres, (pues aquí había telares de mano) las prendas más usuales de vestir, telas, batas, etc., pero muy fuertes. (Yo conocí y creo que en la Escuela se conserva un pedazo de tela que regalaron de la fabricada aquí).

En 1852, don Liberato González (mi abuelo), con motivo del gran comercio que se hacía por el istmo de Panamá con el acarreo de oro de las famosas minas de California, el cual transportaba a lomo de mulas a través del istmo, emprendió un viaje por tierra a Panamá con una partida de mulas. Caminando por veredas, a través de las escarpadas montañas, no pudo llegar a Chiriquí. Temiendo allí no hacer buen negocio en Panamá, las vendió a un señor Salas, el cual a su vez las vendió otro día en su presencia en Panamá, ganándose el ciento por ciento del valor en que las había comprado y sin ningún costo.

Él regresó aquí después de tan penoso viaje, sin haber hecho gran negocio; pero con la noticia del negocio hecho por el señor Salas, se entusiasmaron sus cuñados, don Rafael y don Trinidad Moya y casi sin darle tiempo de reponerse de la fatiga de tan penoso viaje, y por insistencia de ellos, hubo de emprender un segundo viaje; en el que llevó una gran partida de hermosas mulas compradas en Nicaragua, y llevó además por compañero para que las arrearan a don Antonín Moya, hijo de don Trinidad.

Al llegar a David, tuvieron noticias de que con motivo de haberse ya casi terminado el Ferrocarril a través del Istmo, había decaído el negocio y, para colmo de males, cayó gravemente enfermo su sobrino Antonín Moya, su compañero de viaje; después de haber escrito a la familia el estado en que se encontraban los negocios y la gravedad casi mortal de Antolín, realizó al crédito la venta de las mulas, las cuales vendió a un señor colombiano, para dedicarse exclusivamente a la gran enfermedad de su sobrino.

Gracias a los asiduos cuidados de él y la robusta fuerza de su protegido, unido a las plegarias que desde aquí dirigían al Todopoderoso sus afligidos padres y parientes, pudo salvarse de la terrible fiebre que lo acometió. Cuando ya se encontró en estado de hacer viaje, se embarcaron en Panamá con destino a Puntarenas, adonde llegaron felizmente.

Una vez que el barco hubo anclado, el capitán que era íntimo amigo de don Liberato, le suplicó se quedara al cuidado del barco mientras él ubicaba cierto negocio en tierra; eso sí, con órdenes de no moverse del lugar donde estaba anclado.

Desgraciadamente, una vez que el capitán saltó a tierra, el piloto, desobedeciendo la orden del capitán y de su lugarteniente, con el fin de acercarse más hacia el Puerto, levó anclas (parece que el motivo principal que tenía el piloto y para contravenir las órdenes del capitán y de su encargado, fue motivado por el licor), con tan mala suerte que, acto continuo, se desató una tempestad que le impidió navegar hacia el puerto y, el barco, ya sin timón, fue a enclavarse a la Isla de Los Negritos.

Para poder salvar el barco otro día, el capitán hubo de pagar 800 colones a otro barco que se comprometió por esa suma a salvarlo, del inminente peligro en que se encontraba; algo que al fin se realizó. Una vez salvado del naufragio al que estuvo expuesto, se despidieron al interior, a donde llegaron sin  novedad; pero todavía les faltaba otro contratiempo después de las penalidades y fue el siguiente: llegados ellos aquí en el mes de octubre, mes de muchas lluvias y en el que los ríos tiene grandes avenidas, entonces no existían puentes, sino veredas; así al llegar, puso a las orillas río Quebrada Seca, límite de este pueblo, se encontraron con una gran avenida que les impedía el paso.

De esta manera, tuvieron que conformarse con ver a sus angustiados familiares desde la orilla opuesta, quienes los aguardaban después de tanto tiempo de zozobras y penalidades, ya que hasta altas horas de la noche el río bajo su caudal y pudieron abrazar a sus atribuidas familias.

¿Y qué fue del negocio por el cual emprendió el viaje este pobre negociante don Liberato? Todo se perdió o casi todo, porque el deudor resultó ser un tramposo, o no pudo pagar, y tan solo se obtuvo una pequeña parte de las deudas.

Esto sucedió dos años después, cuando fueron enviados acreedores de dicho señor, pues había arribado a Puntarenas con un barco propio. Don Trinidad Moya fue con los pagarés correspondientes a la vista y embargó el barco. Pero resultó que después de que él había hecho las diligencias necesarias para la condonación de la deuda, comparecieron unos cuantos acreedores más y el valor del barco hubo que repartirlo prorrata entre todos.   

 

*El autor fue vecino de toda la vida de San Antonio de Belén y Jefe Político (antigua denominación de la figura de Alcalde) del cantón. Los relatos narrados provienen de un cuaderno de apuntes redactado en 1924, que el autor regaló a su hijo “Ricardito” González y que varias décadas después fueron transcritos para su publicación por Benedicto Zumbado Z. La mayoría de historias provienen de los abuelos del autor, Niberato González y Concepción Moya, quienes, a su vez, eran nietos de los fundadores del pueblo.

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