Un paseo por San José


Imagen con fines ilustrativos

Roberto Rodríguez Sánchez e Isabel Hernández González

roberto.rodriguez@periodicoelguacho.com

Rodrigo y su mamá se bajaron del bus y comenzaron a caminar hacia el boulevard que pasa a un costado de la iglesia de la Merced. Ahí, decenas de personas caminaban. Cada quién con su rumbo. Algunos iban más de prisa, otros más lento. Había quienes iban conversando perdidos en sus aparatos electrónicos, con los audífonos en los oídos, o bien disfrutando de su helado preferido comprado en algún local de comida rápida.

Doña Soraida ponía sus ojos en las ventanas de las tiendas, buscando qué podría gustarle, haciendo que la travesía se volviera más tediosa para Rodrigo, quien no tenía la paciencia de estar entrando y saliendo de a cuanta tienda se le ocurriera a su mamá. Aún mayor molestia le daba cuando entraban y Soraida pedía zapatos, se los probaba y al final no compraba ninguno. Eso le acongojaba.

-¡Ay Rodrigo! Si para eso les pagan a esas muchachas, decía doña Soraida.

Después de casi 30 minutos de andar por el boulevard, llegaron al Parque Central. Buscaron un poyo para sentarse, que estuviera debajo de un árbol que los cobijara del intenso sol que hacía.

Al instante, se acercó un dama rubia, de piel blanca. Vestía una gabacha, una camiseta por debajo, pantalón azul oscuro, y un calzado de los que usan los doctores y enfermeras en el hospital. Los labios estaban bien pintados de rojo y tenía un estetoscopio guindando de la nuca.

Les preguntó si querían medirse la presión, a lo que Doña Soraida respondió negativamente.

-¡Va’ndarme a mí con timos! Puro cuento es esa mujer-, dijo.

Al frente, un grupo de indigentes peleaban por unos cuantos tragos que quedaban en la botella de alcohol de 90. Unos caían al suelo exhaustos y con los ojos cerrados de la hinchazón. Otros agarraban la botella y le pegaban sus tragos. Por allá se oía un hijueputa, malparido… La gente pasaba y los miraba con cierta indignación y repudio.

Otro, sentado en una grada, vociferaba palabras e intentaba cantar lo que parecía un bolero: “Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando…”, se medio entendía.

Interumpió la escena un muchacho de tez morena con lentes negros, gorra azul, camiseta estampada y un pantalón de mezclilla. Corría viendo para atrás. En sus manos llevaba varias muestras de anteojos supuestamente especiales para reducir la intensidad de la luz solar.

Saltaba de una banca a otra, de jardinera en jardinera. Corría hacia el quiosco y la plazoleta, apartando a los transeúntes. Se devolvía e intentaba cruzar la calle, pero algo se lo impedía.

Un policía municipal de San José iba tras él. Aparecieron tres motorizados dándoles casería al muchacho, quien corría cada vez con más desespero buscando una salida para escapar de la emboscada, como cuando lo hacía el ratón que perseguimos en la casa la noche anterior.

Una policía morena llegó junto con dos compañeros en una patrulla, ella traía una bolsa en sus manos. Otros dos motorizados se acercaron al parque para dar con el criminal que quería escapar con su mercadería ilegal, según ellos.

El muchacho moreno, cansado y preocupado, daba vueltas por el parque hasta que sucumbió. Acorralado quedó bajo un árbol entre cuatro policías que lo agarraron y lo llevaron a la acera que está frente a la catedral.

– ¡Debe ser un nica!- dijo una señora que parecía olvidar que hace 20 años llegaron sus padres y que también tuvieron que buscar trabajos informales.

En la acera, la policía le quitó la mercadería y la hecho en la bolsa negra. Otro se llevó al muchacho esposado a la patrulla.

Rodrigo y su mamá esperaban a su tía que venía de largo. Mientras observaba la escena, él no lograba entender por qué ese muchacho que estaba vendiendo anteojos era perseguido como un criminal por la policía ¿qué tan mal podía estar viviendo en su país para preferir esto?, ¿será de verdad este un país tan “pura vida”?, se cuestionó.

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