Padre: ancla y velamen


Oscar Pérez*

Hombre de prolongados silencios, pero de charla amena. De achinados ojos y amigable mirada. Su tímida sonrisa dejaba escapar siempre el destello de su diente de oro. Era alto; de una delgadez fibrosa y músculo firme; de largas piernas, pero de cortas zancadas, como reflexionando el mundo en cada paso. Paseaba su esbelta figura con garbo y parsimonia, siempre tocada por su eterno sombrero de ala corta. Así lo recuerdo… Así era mi Padre.

Cuando parten, el corazón se achica… crece indomable el dolor. Nos privan de su presencia física y sólo nos queda su imagen acurrucada en la retina del tiempo. Pero no se van … en realidad nunca nos dejan. Están presentes en cada acto de nuestras vidas. Trascienden en su intangibilidad, en los valores heredados, en su ética-moral, en su testimonio de vida.

Su recuerdo nos encausa a nuestra realidad de Padres en ejercicio. Entonces nos invade el temor; nos agobia la duda de no poseer los atributos que ellos tuvieron: los del buen alfarero, que, al acariciar el barro, hace posible el milagro de las más bellas figuras; o del escultor, que, al derrotar la dureza del granito, inyecta vida a efigies tan perfectas que parecieran prontas a bajar de sus pedestales.

Esa es la misión de los padres; sólo que más compleja y delicada. Mientras el alfarero o escultor trabaja con materia muerta a la que buscan dar vida, los padres bregan con la vida misma a la que buscan dar forma. Es misión de los padres ser ancla, que aferrada al fondo de la vida, dé a sus hijos seguridad y sabiduría en tiempos de tormenta; y ser velamen, que, abrazado al norte de los vientos, oriente el surco que a sus hijos llevará hasta puerto seguro. El Padre debe ser maestro que instruya, pero que no imponga; ser faro, pero nunca timón; ser tolerantes, pero sin temor a la reprimenda; deben corregir con el aterciopelado látigo del amor, que inculque en sus hijos el respeto, más nunca el miedo. Los padres deben proveer las alas con que sus hijos desplegarán su propio vuelo.

Así entonces, cuando se encaminen al ocaso de sus días, podrán reflejarse en el espejo de sus hijos, con la satisfacción de ver en ellos la imagen fiel de su afán por formar hombres y mujeres de bien. Encontrarán hijos seguros, de que más allá de cuan manso o tempestuoso sea el mar por el que transiten, sabrán desentrañar con claridad el rumbo que les llevará al puerto, donde arriar con seguridad sus velas.

*El autor es Lic. en Derecho x la UCR. Abogado y Notario externo del BNCR. Fotógrafo aficionado, gusto de la poesía y literatura, especialmente hispanoamericana.

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