Anécdotas de la Ribera 3


Gaspar Rodríguez Delgado *

Tacón dijo Chano

Un día llegó el equipo de Desamparados de Alajuela a jugar contra el equipo de La Ribera. Era una noche de verano, hacía mucho frío y había poca gente para ver el partido. Como siempre se hacía, de los espectadores se escogía a alguno que medio conociera las reglas de juego y lo ponían a arbitrar. Da la casualidad que la única persona que encontraron con el mínimo conocimiento para tal tarea, era ni más ni menos que Chano Alvarado, que en aquellos tiempos fungía como el policía del pueblo de La Ribera, pero el hombre no quería hacerse cargo de la responsabilidad, después de gran rato de ruegos, accede. Se inician las acciones deportivas, un encuentro muy parejo por la gran rivalidad que existía entre los cuadros, los marcadores eran muy estrechos entre ellos, termina el primer tiempo, todo normal. Segundo tiempo, “0 a 0”, disputadísimo el “mache” como decían nuestros abuelos (match, encuentro en inglés). Faltaban 3 minutos para finalizar, cuando un jugador del equipo de Desamparados, recibe un balón en el área pequeña y en una hermosa y elegante jugada anota de taquito, suena el pito del señor árbitro, momentos de silencio, todo el mundo se queda perplejo, “pero que está pitando Chano”-¡tacón!-“pero Chano está todo bien, esa jugada es válida- no Señores, ¡tacón! No hay gol, “pero don Chano, mire que…-no hay gol y se termina el partido ¡empate! Eso me recuerda la tonadilla del programa radial  “La Patada” de don Parmenio Medina Pérez, que decía  “el árbitro ideal, es el que favorece al equipo local”.

Por andar en carreras

A un amigo, vecino del Barrio Murillo, Montes de Oca, le gustaba tomarse unos refrigerios, como dice mi amigo Diego Carmona, alias Batalla, ( léase bebidas espirituosas), bueno ese amigo de cuyo nombre sí quiero acordarme, pero no lo voy a decir, a veces se alzaba de tanda, tal vez  tres, cinco o diez días. Esta vez, lo mandó la señora a comprar unos medicamentos, para uno de los niños que estaba enfermo. El hombre se alzó 15 días y, cuando volvió a su casa, después de semejante “tanda”, llegó tarde en la noche y se encontró la puerta cerrada, y en la  “juma” le puso las patas a la puerta, y empujó con fuerza con tan mala suerte, que se fue con todo y puerta, allá fue a caer con toda su humanidad al suelo de la sala, botó la mesa, el trastero y todo lo que encontró a su paso, se levanta sorprendido y bravísimo y exclama: ¡Ve, eso le pasa a uno por andar en carreras!

Don Amado                                                                                                                                                                     

En aquellos dorados años, finales de los 50 inicios de los 60, don Amado era el flamante director de la Escuela Mixta de La Ribera (nombre original de la Escuela Fidel Chaves Murillo). El señor Director era gran admirador de los gringos, era tanto su fanatismo qué él le contaba a mi papá: “Vea Don Nano, los gringos son tan inteligentes que desde que están carajillos saben hablar inglés…”. Sin palabras.

Fredy Ledezma (Pantera)

Para los años setenta, la moda eran las discotecas, lugares que surgieron en esos tiempos en sustitución de los salones de baile, cambiaron los ritmos de la música de orquestas como Otto Vargas, Rafa Sánchez, entre otros, por la música de planta y ritmos modernos, con luces intermitentes en el lugar donde se bailaba y oscuro, en el lugar donde se ubicaban las mesas y reservados.

Nuestro amigo Pantera se hizo de una novia en una de las discotecas en San Antonio, y ahí estaba con ella, y marcaban toda la noche sin salir a bailar. Todo iba de maravilla hasta que su amigo Pablo “Potro” se enteró y un domingo de tantos llegó a la mesa donde estaba Fredy con su novia y ¡pá! enciende un fósforo…cuando la novia le vio la cara a Pantera, se puso de pie y salió corriendo. Esta historia real me la contó el mismo Fredy y al terminarla me dice- “Gaspar, ¡qué clase de amigos tiene uno!”.

Los dos colones

Había una vez un señor que tenía un bar en San Antonio, a los 100 metros de este vivía otro señor que tomaba mucho, y llegaba varias veces al día a tomarse un trago, tal vez unas 5 o 6 veces en la mañana, y otro tanto por la tarde. El dueño del bar contaba, que ya para la tarde su cliente estaba muy tomado, para esos tiempos, cada trago de guaro costaba dos colones, entonces en vez de guaro le servía pura agua, pobrecito para que no se emborrachara mucho, pero eso sí los dos coloncitos sí caían a la caja.

Moiso

Don Porfirio Ramírez, era un gran agricultor y para preparar el terreno contaba con peones y uno de esos era Moisés Campos, conocido como Moiso. Era una persona muy auténtica en sus cosas, pero muy jugado. En una ocasión se terminó el tomatal que Firio había cosechado y ya no quedaba mucho por hacer, entonces Don Firio pasó a la casa de Moiso, que estaba ubicada frente al terreno, con la intención de despedirlo:“Mire Moiso es que yo quería decirle que en vista de que hay poco trabajo, ya no lo voy a ocupar”. Así, de forma muy sutil, Don Firio lo estaba despidiendo, pero Moiso que se estaba alistando para ir a trabajar, continuó peinándose frente a un pequeño espejito que tenía en el corredor y le dijo: “Firio, vaya tirándole ahorita llego”. Y allá va Firio para el terreno a buscarle que hacer a Moiso, el asunto es que nunca lo pudo despedir.

* Vecino de La Ribera

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