Enamorándose de un atardecer belemita


Así luce un atardecer desde “el Mira”, en La Ribera.

Redacción El Guacho

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Entran los vientos y las lluvias se van. Es el momento cuando inicia la época seca, ideal para salir de nuestras casas o del trabajo para ver al sol alcanzar el horizonte, coloreando cada celaje.

Ese momento provoca en aquellos que lo disfrutan sentimientos diversos. Desde felicidad, admiración del paisaje y calidez; hasta tristeza, nostalgia y melancolía.

Es la oportunidad que aprovechan muchos belemitas para salir con los amigos, familiares o conocidos, y compartir las experiencias de vida.

Rodrigo es uno de ellos. Cada día de verano, cuando el reloj apunta las 4:00 de la tarde, sale puntualmente de la casa porque el atardecer es el momento idóneo para reencontrarse con ella.

Suspira y siente una inquietud que lo hace caminar más rápido hacia su destino, para verla en aquel lugar que comparte con muchos otros que van a relajarse, sea solo contemplando el paisaje, tomando alguna bebida o fumando alguna planta de poder.

Al encontrarse, intercambian miradas y sonrisas, luego se dirigen hacia su lugar preferido. Mientras caminan, conversan sobre los parajes que frecuentan como  “el Mira”, “los Tanques”, “el Planché”, “El Poli”, “Lehman”, los potreros de “Pedre”, “Puente Mulas”, entre otros, y se sienten dichosos de poder disfrutar estos espacios acogedores, cada vez menos frecuentes en un ambiente urbanizado, lleno de cables y cemento.

Pasadas las 6 de la tarde, el cielo empieza a cubrirse de azules inmensos “cuando el día ya no es día y la noche aún no llega” como escribió Julián Marchena. Justo después de ese instante, los espectadores deciden si volver a sus casas, o bien, como algunas veces aprovecha Rodrigo, quedarse para ver cómo las luces de la luna y las estrellas, inundan el paisaje.

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