Un pueblo que se marchó


Zaira Pérez es educadora y autora de un libro de anécdotas del cantón.

Por Zayda Pérez Zumbado

“Dicen que don Cleto González, quien era hombre de muy baja estatura, ante la solicitud de los belemitas, para que le concediera el título de cantón a San Antonio de Belén, él respondió -No creen que ese pueblo es demasiado pequeño para andar con pantalones largos-. A lo que uno de ellos agregó -¡Vaya, don Cleto! Acaso usted no debería andar con pantalón corto y, sin embargo, es Presidente de la República. Por tal ocurrencia, don Cleto aceptó la solicitud”.

Hace 110 años que se le confirió el título de cantón a San Antonio de Belén. Si nos detenemos a pensar en ese pueblo, qué lejano lo divisamos y qué diferente al de hoy. Aquel fue un lugar cubierto de bosques, ríos; formado por un estrecho camino de lastre cuyas orillas estaban pobladas de cafetos, de árboles de madero negro y milpas. Las casas dispersas en el terreno eran de bahareque, de adobe y con piso de ladrillo o de tierra.

¡Qué distinto ese pueblo con escasa población y múltiples penurias! Carecía de infraestructura básica como: agua potable, electricidad y comunicación.

En invierno era común la mortalidad infantil, los bebés morían a menudo por causa de enfermedad de gastro; los niños de edad escolar o menores eran atacados por las lombrices, la tosferina, el tétano y el sarampión. No contaban todavía con la bendición de la vacuna.

¡Qué diferente ese Belén al de hoy! Los habitantes en su mayoría se dedicaban a la agricultura. Los dueños de las fincas tenían a su disposición peones, que trabajaban con salarios de una peseta, dos o seis reales (0.25 – 0.50 – 0.75 céntimos) con horario de 5 am. a 11 am. Tenían que hacer milagros para subsistir. Los que poseían terreno sembraban: guineo, chayote, tacaco y maíz. Intercambiaban entre ellos sus productos; criaban gallinas y vendían el huevo para otras necesidades. A las personas que no tenían espacio para cultivar, los vecinos compartían con ellos parte su cosecha. Todos se conocían, se trataban como parte de una gran familia, por eso mantenían siempre la puerta abierta. Era gente humilde cuyos principios básicos los ponía en primer lugar: el respeto al derecho ajeno, la moral, la integridad, la ética y el esfuerzo personal. Atrás quedaron esos principios. El progreso atacó sus raíces; el pueblo se transformó en parte del Área Metropolitana.

A mí el nuevo rostro de Belén me asusta ¿Y a usted? Porque yo salgo a la calle y me abruma el tránsito, me sofoca el ruido y el humo. Camino por el centro y me encuentro con desconocidos. Años atrás sabía si la persona con quién me topaba vivía en La Ribera, La Asunción, San Isidro, San Vicente o en Escobal.

La gran familia se ha diluido, las casas están rodeadas de verjas, sus puertas permanecen cerradas. Es verdad que en este cantón hay industria y comercio que son fuentes de trabajo; pero junto a esa prosperidad, el peligro acecha por la destrucción del ambiente, la venta de droga, la inseguridad y la falta de espacio para sensibilizar a los jóvenes.

Aquel Belén de 1907, a pesar de la pobreza, era un pueblo feliz, ya se nos escapó de las manos; pero tenemos el Belén de 2017, que con esfuerzo, voluntad y cambio de actitud puede superarse.

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1 Comentario

  1. Fernando Murillo
    junio 15, 2017
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    Excelente remembranza del pequeño y querido pueblo que tuve la dicha de disfrutar en mi infancia y juventud.
    Siempre que alguien me pregunta que de donde soy, respondo con orgullo: de San Antonio de Belén.
    Este año que cumplo 50 años de haber recibido el diploma en la Escuela Mixta de la Asunción, que así se llamaba en aquellos tiempos recuerdo que el grupo de ese sexto grado éramos cuatro: orienta murillo (la de Juan) María Antonieta ( la de Alis Zumbado) Rodolfo Alfaro ( el de Miguel) y yo: fernando Murillo (el de Hernán)
    Que recuerdos más llenos de añoranzas,fue una bendición haber vivido en aquel pueblo que se marchó pero que recordaremos siempre.

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