Presente y futuro de hombres jóvenes en Costa Rica


Ariel Foster

Nuestro semblante ya no muestra asombro ni nos inmutamos ante la presencia del cadáver de un joven tendido en el suelo. Es tan sólo otra noticia que vemos en el periódico o en la televisión. Simplemente miramos sin cuestionarnos, si quiera, cuál fue la historia de vida de aquel cuerpo oculto bajo la sábana blanca. La norma es proceder a criminalizar a ese cadáver, le juzgamos y desde el sillón le rezamos su veredicto:“¡él se lo buscó, nadie lo mandó a meterse en eso!”

Ver la muerte en cifras tiene por defecto la ausencia de rostros, de nombres y de historias, lo que permite una cierta indiferencia ante tales circunstancias, sin embargo, esto permite que se pueda poner a contraluz de manera un tanto objetiva la situación que vivimos.Comenzaré esta reflexión haciendo un breve repaso de cómo andan las cosas en nuestra región,misma que desde hace algunos años ha sido designada como la más peligrosa del mundo. Sobre todo, para los hombres jóvenes.

En Centroamérica uno de cada cincuenta hombres de entre 15 y 29 años morirá asesinado antes de alcanzar los 31 años, esto se debe, según datos de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, a que la tasa de homicidio en Centroamérica ronda el 41% por cada 100 mil habitantes. Cabe mencionar que, para la Organización Mundial de la Salud, una tasa de homicidio que supere 10 por cada 100 mil, es considerada epidemia. Dado esto, ¿qué significa entonces que en nuestra región la tasa supere el 40%? ¿Ante qué nos estamos enfrentando?

Costa Rica no escapa a esta problemática y pese a que tiene sus marcadas diferencias, ingresa paulatinamente a la misma dinámica.Según datos del Organismo de Investigación Judicial, al 30 de junio del 2017 se contabilizaban 278 asesinatos, empero, las proyecciones de la policía judicial determinan que este año cerraremos con un aproximado de 600 homicidios, 23 homicidios más que en el 2016. Pero esta situación no es nueva en el país, para el 2008,por primera vez la tasa de homicidios alcanzó características epidémicas al cifrar 11.1 por cada cien mil habitantes, y es a partir del 2015 que de manera escalonada va incrementando de 11.5 al 11.8 para el 2016, hasta el estimado de 12 por cada 100 mil para este 2017.

Cabe destacar que el perfil nacional de homicidio tiene una densa carga de etárea y de género, según los datos del Ministerio de Justicia y Paz, 9 de cada 10 víctimas de homicidio son hombres, cifras que su vez son alimentadas mayoritariamente por jóvenes entre los 18 y 29 años.

Una de las dinámicas que estamos viviendo en Costa Rica es el deterioro de tejido social,estamos ya alcanzando altos niveles de naturalización de la violencia. Todos los días somos rebasados por las distintas notas periodísticas de sucesos, donde los medios de comunicación, de forma rumiante,utilizan palabras que parecen explicar de forma rápida el fenómeno, a saber, se presentan como ajuste de cuentas y sicariato, además, según el horario en que esto se muestra, puede ser promovido con glamour y prestigio como es el caso de las narconovelas. Síntesis de lo anterior podría reflejarse en el morbo que habita entre los grupos de mensajería instantánea donde se nos exponen fotografías o videos de cuerpos mutilados o baleados y se explayan narco hipótesis de quién ejecutó y porqué fue ejecutado; elementos que, más que hacer tomar conciencia de lo que sobreviene hace que se vaya asumiendo con normalidad las atrocidades que se vienen ocurriendo.

Otro elemento a destacar es el enfoque dado por las notas periodísticas,pues se está forjando en el imaginario que aquellos muertos están ahí porque se lo buscaron, se lo merecían, pero sobre todo se refuerzan ideas de tipo individualista muy comunes que se expresan en frases como: “eso nunca me va a pasar a mí” o “ese asunto no es con los míos”. Restándole, indirectamente, importancia al fenómeno social de violencia que vive nuestro país, porque cada vez es más delgada la línea que permite sostener esa falsa noción de seguridad y nos vamos adentrando en dinámicas de violencia ya no aisladas, sino que incluyen a todos los estratos de la sociedad sin importar a cuál clase social pertenezcamos, ineludiblemente el conflicto tocará nuestras puertas y de seguir la situación, cada quien asumirá las consecuencias. Para nadie es un secreto que el crimen organizado está ya dañando el tejido social.

La situación parece indicar que estamos enfrentando las consecuencias de la ausencia de una Doctrina Nacional de Seguridad que planteé la estrategia a seguir para afrontar la realidad que estamos viviendo. Distintos estudios nacionales han demostrado el ligamen existente entre la desigualdad social, el crimen organizado y la tasa de homicidios. En otras palabras, está claro que donde se ausenta el Estado pulula el crimen organizado. También ha sido demostrado que la Seguridad no mejora invirtiendo solamente en fuerzas represivas, sino que es imperativo reforzar e invertir más en bienestar social. La fórmula parece indicar que, a mayor desigualdad, menor es la paz social y es ahí donde se constata el origen de esta vorágine de ejecutados y ejecutores. Por ello es vital que previo a la toma de decisiones, estos estudios científicos sean analizados a fondo.

Si consideramos lo anterior, se devela que el porvenir del quehacer político para resolver este contexto de violencia sobrepasa cualquier bandera partidaria y se deberán unificar esfuerzos por el interés nacional, es decir, por asegurar la paz de la nación. Llegados a este punto y como cualquier joven costarricense que aspira a un futuro digno y en paz, considero viable que lo dicho aquí a manera de reflexión,nuestras demandas y nuestra integridad social deberá condensarse y condicionarse al cumplimiento obligatorio de un Pacto Nacional que permita al Estado costarricense reforzar la inversión social.De manera que garantice a la juventud, no solo a los hombres jóvenes, sino a cada persona joven que habite este país, los derechos a la educación, al trabajo digno, acceso al gozo cultural y deportivo, entre tantas otras necesidades que podamos tener, pero que sólo son posibles de generar a través de acuerdos políticos y sociales.  

Por ahora, nuestro reto como hombres jóvenes será llegar con vida a los 31 años y mientras tanto hacer lo posible para mejorar las condiciones económicas, políticas y sociales de nuestro país. Ojalá y quede claro que ya no hay espacio para las mezquindades políticas, esas actitudes nos están costando la vida.

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