Gilberto Murillo Moya: precursor de la orquesta de salón


 

Por Danilo Pérez Zumbado.

 

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Gilberto Murillo Moya

Con  este artículo iniciamos una saga sobre personajes relevantes, por sus contribuciones, nacidos en el cantón de Belén. Hombres y mujeres que yacen en el olvido o apenas están presentes en alguna fuente bibliográfica desconocida por la mayoría de quienes somos parte de esta comunidad. Interesa recordarlos y de esta manera hacer homenaje a su memoria.

 

En el arte, entre sus formas primigenias están, indisolublemente unidas,  música, canto y danza. Así sucede también con otras expresiones artísticas. Hoy nos ocuparemos brevemente de esta triada, específicamente del aporte de un gran músico local de principios del siglo XX. En Costa Rica de finales del siglo XIX, en San José, cabeceras de provincia y villas importantes, se  fundaron clubes vinculados con hoteles, teatros y restaurantes donde se realizaban veladas, conciertos y bailes de beneficencia con orquestas de salón. Para eso se organizaron grupos musicales, integrados inicialmente por músicos de las bandas oficiales; por ejemplo, el  sexteto de José Campabadal, el Quinteto Josefino de Pedro Calderón Navarro, la orquesta de Manuel Matamoros y la Nacional de Luis Roig. En la  década de 1910 estas actividades crecieron,  para la élite y los sectores populares. Algunos teatros reconocidos fueron el Nacional y Variedades y entre los clubes, el Internacional, Polo, París, Ateneo, La Libertad, Jockey Club y Golf Club.  Empero, las fiestas y bailes se realizaban también en casas y sitios temporalmente acondicionados con agrupaciones musicales de aficionados en zonas rurales. Poco después se introdujo  la música grabada y la vitrola sirvió también para  bailes en casas de habitación de amigos y familiares. En Belén, por ejemplo, en los años 1930 y 1940, los hermanos José y Fernando Fuentes junto a los Hermanos Phillips tenían un grupo musical para fiestas y rezos, una de cuyas actividades más preciada era el rezo a la Virgen de la Concepción en la Gruta conocida, por entonces, como Potrerillos. Y por otro lado,  el señor Baudilio “Lito” Peraza y sus amigos organizaron el Club Hawaii, en la casa de habitación de sus padres, donde hacían bailes con gramófono con la participación de personas tanto residentes como de fuera de San Antonio.  

A partir de los años 1930, Costa Rica crece en el número y calidad de sus orquestas para bailes privados y públicos de manera que éstas y el salón empezaron a ser reconocidos públicamente como alternativas frecuentes de diversión. Estos grupos estaban integrados por músicos con formación, disponían de un repertorio de partituras, vestimentas atractivas de saco y corbata y cierta simbología de identidad que les otorgaba elegancia y seriedad. Tales avances materiales y técnicos reflejaban también el desarrollo social y económico de la sociedad que apuntalaba el surgimiento de nuevas  clases medias y altas. De este período  surge la figura de Gilberto Murillo Moya. Don Gilberto nació en San Antonio de Belén, el 13 de julio de 1912. La vena musical la heredó  de su padre, Fernando Murillo quien inició a Gilberto y su hermano Guillermo,  en la ejecución del piano. De  este último tenemos todavía su memoria como maestro de capilla de la parroquia y dueño del Cine Murillo. A los 18 años, Gilberto Murillo fue a Colombia a mejorar sus condiciones musicales y luego visitó Venezuela, Chile y Argentina. A su regresó formó su primera orquesta. A juicio del historiador Mario Zaldívar, Hugo Marini “abrió brecha en materia de orquestas populares en Costa Rica, pero fue Gilberto Murillo quien consolidó ese tipo de agrupación”, pues con él se estableció “el salón de baile como sitio de diversión colectiva”, “se instaló la orquesta popular (…) como un referente de los seguidores de un sonido particular, y se dieron a conocer los primeros cantantes de arrastre popular”. Según este historiador, Murillo consideraba su estilo  “esencialmente melódico,  (que) se ajusta en mucho a un gusto personal por la música doliente y sensual latinoamericana”.

Sus composiciones más conocidas son Irazú, Leyendo tus cartas, Tu sonrisa, Cómo se mueren las hojas, La malvaloca, Vuelve, Morena Linda, Rapsodia costarricense, Carnaval, Cartago (marcha), Traube y Melenita Rubia (danzones),  El pibe soñador (tango) ,  Cavanga (vals), Viendo las hojas caer (bambuco) y Luna en el estero y No puede ser (boleros).

Sus creaciones fueron de gran altura, algunas se grabaron en el exterior, Zaldívar menciona que “en Nueva York, la RCA Víctor le grabó temas con la orquesta del mismo sello y con el famoso grupo Los Castillians”. Otras de sus obras fueron interpretadas por reconocidas cantantes extranjeras: la mexicana Eva Garza, la puertorriqueña Norma Mendoza y el español José Moriche.

Murillo se dedicaba también a escribir las partituras y  arreglos musicales de composiciones hechas “al oído”, destaca el trabajo realizado con la  obra del  famoso bolerista nacional Ricardo Mora. En 1959, Murillo vendió la orquesta a su colaborador Otto Vargas y se entregó a la docencia en el Liceo José Joaquín Vargas Calvo, de San Pedro, y en el colegio Metodista (San José). Gilberto Murillo falleció el 16 de noviembre de 1970. Un belemita que, sin duda, merece el reconocimiento y la celebración de su pueblo.

Este artículo está parcialmente basado en Vargas Cullell, María Clara “De las fanfarrias a las salas de concierto” Música en Costa Rica. (1840-1940). Editorial Universidad de Costa Rica. 2004; Valle Cedeño,  Lilliana “Apuntes sobre el baile popular en Costa Rica”. Revista Ístmica. Número 8. Enero-diciembre 2015 y Zaldívar Mario. “Doliente y sensual”  http://wvw.nacion.com/ancora/2009/marzo/01/ancora1887210.html

 

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