En el Ojo la vida es más sabrosa


Así luce la plataforma de clavados desde la cual se muchos belemitas se lanzan al agua

Roberto Rodríguez Sánchez

roberto.rodriguez@periodicoelguacho.com

Eran las 7 de la mañana. La luz del sol había penetrado en la habitación y hacía imposible quedarse en la cama para dormirse nuevamente.

Afuera, se oía el ir y venir rutinario de la casa, de la calle; de la señora que madruga para llegar hasta el trabajo, pensando en sus hijos a quienes tuvo que dejar en manos de la abuela; del bus dirigido por un señor chichoso; de los carros que van rápido porque su tripulación va triste y tarde a sus destinos.

En ese momento, sonó el teléfono una, dos, tres veces… Quien estaba al otro lado de la línea, se cansó y dejó de llamar.

Medio sonámbulo, Rodrigo se levantó, se vió en el espejo, se medio acomodó el pelo y se dejó caer nuevamente en la cama.

Poco después, sonó la puerta de su cuarto. -¡Rodrigo! ¡Diay qué! ¡El oficio no se hace solo!- gritó su mamá, una, dos, tres veces, hasta que consiguió que Rodrigo saliera de su guarida.

Chaco, el compita del cole, finalmente consiguió que contestaran el teléfono, para decirle a Rodrigo que se llegara al “guacho”, por ahí de las 10.

“No me venga a mí con cuentos. Usted de aquí no sale hasta que limpie la casa, arregle la cocina y me deje la ropa planchada. Vaya, desayune y se pone las pilas. No va andar de vago tan temprano en la calle”, dijo la mamá, doña Soraida.

“Ya le he dicho que esas juntas con las que anda no me gustan”, agregó.

A las 12, por fin Rodrigo terminó el oficio y pudo salir en paz, con un beso en la frente y un “cuídese” de su mamá dando vueltas en su cabeza.

De camino, pasó por un super, habló con una de las personas que estaban afuera para que le comprara dos pachas de cinco tejas y tres birras, las cuales las engaletó en el bolso, intentando camuflarlas entre la poca ropa que llevaba.

Buscó algún lugar para saltarse la malla. Esperó un rato para ver si no venía nadie. Subió con cuidado por un lado y descendió por el otro. Corrió rápido hacia un árbol de dónde podía fijarse si algún guarda estaba cerca. Se camufló por detrás de una fila de pinos, la caminó y salió detrás de la cancha de futbol.

Mientras caminaba hacia la piscina, su corazón palpitaba con más calma. Los guardas no se percataron de él. Escondido entre la gente, ya era imposible que lograran divisarle.

Llegó hasta donde estaba Chaco con otras personas conocidas, quienes le dieron la bienvenida con un trago de horpacha.

El día estaba muy caluroso. Muchos aprovechaban para saltar del trampolín y hacer los mejores clavados. Otros daban sus primeros chapoteos en la piscina grande. Los niños gritaban de felicidad en las piscinas pequeñas con sus juguetes.

Por allá, se oía un regaño y el molesto pito del salvavidas corrigiendo a los bañistas para que no se subieran en las gradas más altas de la catarata, saltaran uno por uno del trampolín y de la plataforma, o bien para que no empujaran a la gente a la piscina.

Le tocó el turno a Rodrigo. Con unos cuantos tragos haciendo su trabajo en la cabeza saltó de la plataforma, intentó hacer el ángel pero sus cálculos fallaron. La espalda pegó con una película de agua que parecía cemento. Por allá se oyó: ¡uyyy!

Salió con una sonrisa de oreja a oreja, e intentó de nuevo. La práctica hace al maestro, se decía a sí mismo.

Algunas familias habían llevado el almuerzo y lo estaban sirviendo en platos plásticos. Cada miembro con su plato y vaso hacía fila para que le dieran algo de comer. Primero los más güilas, luego los demás. El hambre ya pegaba fuerte el estómago.

Rodrigo salió de la piscina, se sentó a la orilla a tomar sol para quitarse un poco el frío del agua. En eso, divisó como la mano de una muchacha se deslizaba sutilmente por la pierna de otra. Al instante se besaron. Rodrigó quedó perplejo y fascinado; aunque, cuando vio a dos hombres dándose la mano, mientras caminaban por la fuente, sintió repudio.

Volvió donde estaba Chaco y los compas, caminaron hacia el lago, mientras le pegaban un halón al puro. Pijiado, Rodrigo salió a caminar por ahí. Encontró un árbol que le llamó la atención, debajo del cual se acostó.

Varias imágenes empezaron a rondar por su cabeza, dentro de las cuales distinguió la figura de aquella de la cual se enamoró en un atardecer.

Despertó y vio un señor, que le dijo: -Muchacho vamos para fuera que el Ojo ya cerró-.

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