Educación pública en Belén: ¿La pregunta ha sido asesinada?


Anthony Arias Delgado*

arias7374@gmail.com

Quienes nos dedicamos a la educación tenemos la constante tarea de luchar por la pedagogía de la pregunta; formamos parte de un sistema estructural que nos lanza respuestas para hacer del proceso pedagógico, uno más digno, más político, más amoroso y más transformativo.   

Después de dos años de labor en el Colegio Técnico Profesional de Belén, reafirmo que el camino está lleno de expectativas y anhelos, así como de angustias e incertidumbre, pues estuve rodeado de muchas personas que sueñan con una pedagogía de la liberación. Sin embargo, el status quo del modelo neoliberal y conservador impera y mutila, inyectando dosis muy fuertes de estrés e inseguridad, tanto a estudiantes como demás actores. Dicho en palabras más, palabras menos, perduran las intenciones y los actos siguen llegando a cuenta gota, al mejor estilo de la teoría trickle down effect.

La idea del colegio técnico se plasmó en el 2014, al igual que las promesas; no obstante, se sigue laborando en espacios de una iglesia, donde el contexto material se asemeja más a un gallinero capitalista que a un aeropuerto para volar y aprender a pensar en lo que se piensa. Por su parte, en el discurso normativo, se habla constantemente de Tecnologías de la Información y Comunicación, a pesar de que se exige al estudiantado memorizar contenidos muertos y al profesorado “no perder tiempo” para cubrir un temario idolatrado, que fácilmente en unos años será reciclado en las arcas del poder fáctico.

Ahora bien, comulgaba con mis colegas cuando decían que “la comunidad estudiantil debe estar preparada para insertarse en la realidad del país”, pero esto ha de ser bajo un marco ideológico y axiomático amparado en la crítica, con un enfoque más dinámico e histórico, ya que alfabetizar es un proceso denso que no basta con repetir ba, be, bi, bo, bu. Si se ama educar, se reconoce que el acto educativo implica una comprensión crítica de la realidad social, política y económica en la que está el alfabetizado.

Concluyo aseverando que educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas que pueden ser sabidas y que merecen serlo, en que las personas podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento. Por eso, cuando se habla del valor de la educación, se transcurre por dos sendos caminos: uno con la educación como acto valioso y válido, y otro como acto de coraje, un paso al frente de la valentía humana.

Mi experiencia en el CTP de Belén me recuerda que, ante problemas estructurales, las soluciones también deben serlo y quienes nos dedicamos a la educación debemos luchar por salvar a la pregunta, o ¿solo el Ministerio Educación Pública hace educación?, ¿se vive para educar?, ¿nos educamos para vivir?

*El autor es educador en Enseñanza de Estudios Sociales y Educación Cívica

Historiador; además, es egresado del Colegio Técnico Profesional Francisco José Orlich Bolmarcich

 

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