Doña Mercedes González White: una costurera de corazón


Doña Merce posando con la máquina de más de 100 años, en la que aprendió a coser.

Isabel Hernández González y Andrea Mora Hernández

redaccion@periodicoelguacho.com

Durante muchos años, cualquier muchacha belemita que decidiera casarse no dudaba en encargarle el vestido de novia a una de las costureras más queridas del cantón: doña Mercedes González White.  

Su infancia

El talento de doña Merce salió a relucir desde que era solo una niña, ya que inició cosiendo ropa para sus propias muñecas a los 8 años; sin embargo, al poco tiempo, ya las mamás de sus compañeritas le hacían encargos para las muñecas de sus hijas.

“A los 8 años, yo traveseaba la máquina de mi mamá. Antes, los muñecos no traían mucha ropa, entonces me traían muñecos de otras niñas para que yo los vistiera. Después seguí con ropa de chiquita y delantales”, nos comentó ella.

Su familia vivía en la planta Electriona, porque su papá trabaja en ese lugar. Para llegar ahí, tenían que caminar por charrales, pasar sobre un puente hamaca que cruzaba el río Virilla y subir como 55 gradas.

Años después, se mudaron al centro de San Antonio, gracias a que su abuelo les heredó el terreno donde viven actualmente, para que construyeran una nueva casa y, así, no se expusieran a los peligros que implicaba viajar desde la planta hasta la Escuela España.

Primeros pasos en la vida laboral

Con 18 años, se fue a trabajar a San José en un taller de costura, donde la dueña se llamaba Talia Mora. Con el dinero que se ganaba, le ayudaba a su mamá a solventar los gastos de la casa y a terminar de cuidar a sus hermanos menores, ya que era una familia muy numerosa, en total diez hermanos y hermanas.

En la capital, durante aproximadamente 6 años, cosió para personas de mucho dinero, porque su jefa era una modista muy reconocida. En ese lugar, confeccionó ropa para Karen de Figueres, Lilliam de Arias y para unas polacas de apellido Sauma.

Hogar dulce hogar

En 1964, se casó con Eugenio González Morales. “Nosotros nos conocimos con un grupo de amigos. Antes, uno no se veía como novio. Íbamos a pasear en grupo a lugares como Guachipelín. Después de un tiempo, formalizamos más, pero, como él trabajaba para el ICE en lugares para adentro de Limón, solo nos veíamos cada ocho o quince días” , nos contó doña Merce.

Ella le escribía una carta cuando uno de los compañeros de él le hacía el favor de llevársela hasta donde trabajaban. Ellos estuvieron juntos entre 8 y 10 años antes de casarse.

Madrugaron para su boda, ya que fue a las 9:00 a.m. en la iglesia de San Antonio y la fiesta realizaron con su familia en el Club España, lo que es ahora Chayfer; luego, disfrutaron de su luna de miel en Puntarenas.

Con él, tuvo dos hijas: Olga Patricia González González y Gina María González González. Doña Merce cuenta que le encantaba hacerle ropa y vestidos a sus hijas. Inclusive, les confeccionó el vestido de quince años y de graduación que ellas querían.

De igual forma, su nieto, Federico Zamora González, ha aprovechado el talento de su abuela, pues ella le confeccionó la ropa del bautizo, los juegos de sábanas para la cuna y disfraces, como el de Pinocho, uno de los enanos de Blancanieves y la capa de Batman. “Por lo menos, me dí gusto en eso”, aseguró doña Merce.

Su taller

Su familia era muy abierta con respecto a lo que ella y sus hermanas querían lograr. No pensaban que una mujer solo debía quedarse en la casa, más bien todas trabajaron; inclusive, una de ellas laboró fuera del país estando soltera.

Dado este apoyo familiar, no es de extrañar que doña Merce decidiera poner su propio taller en Heredia, en especial porque ya tenía a su primera hija. En este lugar, igualmente, le cosió a mucha gente de dinero como a las Rosabal, quienes la contrataron para coser en su tienda. En total, cosió por casi 8 años en Heredia.

Más adelante, trajo el taller para Belén e, incluso, algunos clientes de Heredia venían hasta aquí para hacerle los encargos. “Vamos donde las White” decía más de uno que confiaba en ella para que le confeccionara los mejores trajes.

Ella fue una de las primeras comerciantes en el cantón, porque cuando abrió el taller solo estaba doña Ilse y la tienda de Carlitos Bolaños. Sus hermanas trabajaron en Estica y cuando venía a visitarla le ayudaba a hacer ruedos, a pegar botones y otros detallitos finales para entregar la prenda.

Hace más de 50 años, cosió el primer vestido de novia, el cual fue para la esposa de Sergio González, Caracoles. “Estaba lleno de vuelitos y era muy lindo. Fue hecho con mucho cariño y tenía que quedar muy bien”, nos comentó doña Merce.

A muchas señoras no solo les hizo el vestido de novia, sino también la ropa de bautizo, del primer año, de la primera comunión, e incluso el uniforme a su hijo o hija, pues en el taller se cosía ropa para toda ocasión.

En este lugar, fue mentora de algunas jóvenes belemitas, a quienes les enseñó a coser y les dio trabajo.

Tiempo después, se dedicó más a vestidos de niñas y delantales, para iniciar una tienda de bazar y pasamanería, la cual tuvo por muchos años. Este bazar estuvo abierto hasta hace 11 años, aproximadamente.  

Más que un trabajo: una pasión

Doña Merce cosió durante más de 70 años. Incluso, hace cinco años todavía lo hacía, pero lo tuvo que dejar por problemas en la vista.

Nos cuenta que por muchos años hubo épocas de bastante trabajo como diciembre, porque los enamorados se casaba durante ese mes. También, antes de la entrada a clases, la gente traía los uniformes para que le hicieran ruedos, le plancharan los paletones de las enaguas y les forraran los botones y las hebillas.

Antes, ella cobraba como ¢1000 por un vestido de niña y ¢2000 si ella ponía la tela. “Ahora, no es negocio coser, porque hay ropa muy barata. Inclusive, ya casi no hay costureras”, lamentó.   

Para ella, el coser ha sido más que un trabajo; es su pasión. Incluso, aún guarda la máquina de su mamá con la que aprendió este oficio. Indudablemente, la labor de doña Merce quedará plasmada en la memoria de todas las personas, a las cuales ayudó por muchos años y ganó tanto su cariño como su admiración.

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